¿Para qué bebes?

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Fin de semana. Sales. Una cena. Sales. Quedas con un chico o una chica. Sales. Cumpleaños de un amigo o un compañero o compañera. Sales. Reunión de trabajo. Sales.

La mayor parte de las veces y la mayor parte de las personas relacionan estas actividades de ocio con el consumo de alcohol. Vino, cerveza, copas. Es algo socialmente admitido; es más, está ‘bien visto’. Es normal, casi ‘lógico’; desde luego, una auténtica costumbre, una forma de relacionarse con los demás en determinados momentos y situaciones. A veces, casi el único modo de hacerlo.

No existe problema ni físico ni psicológico si se bebe sin dependencia. Si se bebe sin esconder una necesidad de paliar la soledad, la pena, la frustración, la rabia que no se confiesan ni se reconocen. No existe problema si se bebe con normalidad, fuera del exceso, sin ansia, sin hacer del alcohol un ‘aliado’ para desinhibir todo lo reprimido que, en numerosas ocasiones, suele estar relacionado con lo sexual. No existe problema si se bebe con moderación y sin culpabilidad. No aparece la disfunción si se bebe sin este principio: “sin una copa, unas cervezas o unos vinos no me divierto”.

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El alcohol (cuyo grado varía entre el 3% en vino o cerveza hasta el 75% en licores fuertes) tiene, inicialmente, un efecto excitante, desinhibidor, afrodisiaco. Quien bebe, en un primer momento, se siente ‘feliz’, ‘optimista’, más poderoso, chispeante, inclinado al sexo y al ‘ligoteo’, a dejarse llevar por el deseo; así, a través de esta euforia, se produce el ‘enganche’. En muchos casos, la persona ingiere alcohol porque tiene la creencia de que sólo puede excitarse, expandirse, ofrecer una imagen determinada acorde con un ambiente determinado si bebe (existen estudios al respecto que demuestran que puede llegar a ser más potente la creencia que el efecto del alcohol en sí). El alcohol es, efectivamente, una droga; socialmente ‘admitida’, pero droga al fin y al cabo.

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Ahora bien, en un segundo momento, no demasiado lejano, aparece la cara real de las copas: el alcohol es, realmente, un potente depresor. Llega la sensación de derrota, la culpabilidad, el mundo se vuelve negro, oscuro. Aquellas penas, frustraciones, ansias… que se creyeron diluidas aparecen multiplicadas (sin olvidar el malestar físico de la resaca). El lado B, de recorrido tan habitual, puede volverse francamente peligroso.

 

LOS GRAVES PELIGROS DE LA COSTUMBRE

¿Qué sucede cuando se comienza a ingerir alcohol de forma habitual? Unas cervezas diarias, unos vinos, la copa al salir de trabajar… Una especie de ‘lluvia fina’ que va calando lenta y consistentemente. El organismo se habitúa al alcohol, desarrolla tolerancia y empieza a necesitarlo (hay que beber un poco más cada vez para ‘sentirse bien’)… de este modo, sus efectos eufóricos se logran antes. Sí: ya no serán necesarias varias ‘rondas’; con una es más que suficiente. El ‘alegre’ alcohol es dinamita… en todos los sentidos.

¿Cómo superar la jornada un día más, cómo llegar a la noche sin los pensamientos de soledad que ahogan y atenazan, cómo combatir la frustración que invade cuando se entra en casa a última hora? Si la solución es beber y esto se disfraza de “quedar con los amigos o colegas”, el problema está a la vuelta de la esquina… o directamente está ya. Y el beber no conoce de condición social ni de edad: es la droga más generalizada y la más dañina por lo camuflada que vive en sociedad.

 

beber alcohol 5¿Qué personalidades son más propensas a caer en la trampa del alcohol? o, mejor dicho, ¿qué rasgos presentan las que tienen muchas papeletas para entrar en ‘modo problema’?

Estos son:

  • Ansiedad y culpabilidad
  • Inseguridad, desgana y despreocupación
  • Falta de sinceridad
  • Pena interna y desajustes emocionales
  • Cambios bruscos de carácter
  • Tendencia a la depresión y a la desesperanza
  • Frecuente irritabilidad, malhumor, ira
  • Soledad y sensación de vacío interior
  • Inmadurez emocional
  • Egocentrismo e hipersensibilidad
  • Escasa tolerancia a la frustración
  • Idealismo excesivo en los planteamientos vitales (muy alejados de la realidad)
  • Miedo al fracaso
  • Sentimientos de inferioridad y timidez
  • Cefalopatías tras estados de ánimo alterados

 

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Como en todo problema, la solución empieza por el primer paso: la toma de conciencia de que el problema existe. Lo segundo es un ejercicio firme de voluntad: el deseo de solucionarlo; y aquí puede llegar el momento de pedir ayuda… y pedirla a un profesional de la Psicología Clínica.

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