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El “Perseguidor”

 

En el último artículo abordamos la figura del “Salvador”, uno de los roles que componen la Teoría del Triángulo Dramático de Karpman, caracterizado por una tendencia a la sobreprotección de las personas que tiene cerca, asumiendo sus problemas como si fueran los suyos propios.

En el artículo de hoy vamos a profundizar en la otra figura de tinte parental/autoritario del triángulo: el “PERSEGUIDOR”, también conocido como “crítico interno” o “dedo acusador”.

Las personas que conectan con esta tendencia relacional, han convertido todas las facetas de su vida (social, sentimental, laboral, familiar…) en un campo de batalla, considerando que los demás son el enemigo, por lo que deben ser derrotados.

Podemos imaginarnos que con esta visión de la realidad, entrar en relaciones con alguien así es tarea muy complicada, además de un “deporte de riesgo” porque si no consientes en doblegarte a sus imposiciones, serás el objetivo de sus ataques, amenazas y chantajes, es decir, vivirás una situación de alto estrés y angustia, siendo estos, proporcionales a la cercanía vital que mantengas con tu “Perseguidor”.

Los podrás encontrar en cualquier parte, también tú mismo te podrás convertir en uno de ellos, incluso después de haber desempeñado un rol tan pasivo que nunca consideraste la posibilidad de dar voz a tus deseos y necesidades más personales. Esto es lo que los profesionales de la salud mental conocemos como comportamiento pasivo-agresivo.

A pesar de todo esto:

<<Muchas personas que son perseguidores declarados en la intimidad del hogar, son públicamente considerados como “pilares de la comunidad”>>

Gill Edwards

 

Y es que su afán por llevar la razón y la necesidad compulsiva de sobresalir, les lleva a involucrarse en cualquier tipo de causa, con el afán de ser señalado como el responsable del mérito, sea del tipo que sea y en el ámbito que sea (trabajo, familia, causas benéficas, etc.)

El proceso psicológico del Perseguidor:

El perseguidor proyecta su propia rabia y ansiedad sobre el mundo exterior y busca un “enemigo” con objeto de culpabilizarle por lo que él siente.

A través de la externalización de sus tormentas interiores, está evitando recurrentemente enfrentarse a su realidad, una estrategia de negación que le impide mirar de frente a sus sentimientos de inseguridad y devaluación personal, a la par que evita asumir su responsabilidad sobre la parte que le corresponde en toda esta dramática situación (en consonancia con el rol de Salvador, que se mimetiza con los problemas de los demás para evitar afrontar los suyos).

 

 

Aprende a discriminarlos por sus rasgos más característicos:

  • Actitud condenatoria, intimidatoria, acusadora y humillante.
  • Justificación de su sentimiento de indignación.
  • Visión dual de la realidad: bueno o malo, ganadores o perdedores.
  • Tendencia patológica a la búsqueda de control.
  • Imposición para que los otros actúen según sus deseos y necesidades.
  • Se muestra como alguien perfecto y libre de culpa.
  • Siempre están a la defensiva, permaneciendo a la captura de los fallos y faltas ajenas.

 

¿Qué se esconde detrás de un perseguidor?

Detrás de cualquier persona que emplea el rol de Perseguidor para sus relaciones interpersonales, suele haber un ser humano profundamente herido, que ha decidido involuntariamente protegerse de los demás (potenciales agresores) a través de un escudo de vehemencia, soberbia y hueca seguridad personal.

Nos estamos refiriendo al proceso defensivo por el que un ser humano esconde su complejo de inferioridad bajo un halo de falsa superioridad.

Han aprendido desde niños a no exteriorizar sus emociones, pues alguien muy cercano a ellos (figuras de referencia de primer orden), les han mostrado lo inapropiado de hacerlo, bien a través de conductas negligentes como la indiferencia o la negación de sus necesidades, o a través de conductas desadaptativas, como agresiones de diversa índole (psicológicas y/o físicas).

De esta forma han entendido erróneamente que las emociones y la expresión del afecto son una muestra de su vulnerabilidad, por lo que se revisten de un repertorio afectivo-comportamental que supuestamente los protege de cualquier daño. Nos referimos por ejemplo al rechazo al compromiso, la huida de los relaciones cercanas e íntimas, la desconfianza como seña de identidad, etc.

La identificación con la figura de su agresor marca su personalidad, convirtiéndose exactamente en el tipo de persona que los hirió, es decir, amenazante, reservado afectivamente, soberbio, controlador, autoritario, etc.

Como dice el saber popular: “no te conviertas en quien te hirió”, esta suele ser la explicación más aplaudida del por qué estas personas transitan por el mundo de esa forma tan desafiante y belicista, pues no hacen otra cosa que comportarse como lo hicieron con ellos alguna de las personas que supuestamente más lo tendría que haber querido y protegido.

Detrás de todo agresor, siempre hay una víctima. De ahí la complementariedad con el rol del “Salvador”.

No olvidemos que los ambos roles son las dos caras de la misma moneda: violencia (hacia uno mismo o hacia los demás).

 

MARIAJESUSGONZALEZ.COM

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